Mi amigo Metalero va a ser profesor. Los que le conocen saben que va a hacerlo muy bien, aunque no me abundaré en exceso en loarle porque, al igual que yo, se avergüenza cuándo le halagan. Estuvimos hablando ayer de la formación (o la falta de) del profesorado en nuestro sistema educativo, y de como profesores absolutamente incompetentes acaban dando clase en escuelas privadas (lo que en la mayoría de los casos quiere decir concertadas) porque tienen enchufismo mientras que gente brillante tienen que penar con un sistema selectivo que les hace desperdiciar tiempo y dinero para lograr un puesto.
Todo ésto viene al mismo tiempo que el celebérrimo informe PISA deja la educación en España en el habitual mal lugar. La pregunta sobre quién es responsable se diluye rápidamente como un azucarillo en las intricadas mallas de nuestro sistema más-o-menos-federal-pero-todo-lo-contrario, cuya máxima cualidad es permitir echar la culpa a la otra administración. Y si puede ser de otro partido, mejor.
Antes de nada, IANP, pero, qué quieren que les diga, la actual ministra de Educación me dio clase de Historia a mí en primero de carrera, y si ella sabe de educación, yo también.
En mi humilde opinión, el mal principal de la educación española es el sistema paralelo público-privado, que permite la existencia de títulos iguales para educaciones diferentes. Me explico: una licenciatura en Derecho en la Universidad San José María Escrivá de Balaguer (que no existe, pero tiempo al tiempo) es, a efectos jurídicos, exactamente igual que una licenciatura en Derecho en la Autónoma, aunque Dios (y quizás san José María) sabe que el tiempo, esfuerzo y dinero necesarios para sacarse uno y otro son bien distintos.
Item: sacarse un aprobado en una escuela privada es mucho más fácil que en la escuela pública (ya que estás pagando, no te van a suspender salvo que seas un absoluto cretino) . Item: Los colegios reciben incentivos por el rendimiento académico, rendimiento que se mide por el porcentaje de aprobados. Consecuencia: las escuelas públicas han de tirar de los niveles educativos a la baja, con el fin de conseguir un porcentaje de aprobados igual o mejor que el de la escuela privada. En suma, una espiral que conduce al desastre.
Sumamos a eso que, sobre todo en las comunidades gobernadas por el bigotismo, el dinero para la educación pública se transfiere alegremente a las arcas de la Santa Madre Iglesia a través de los conciertos educativos, y nos encontramos con una educación pública cada vez peor dotada y peor preparada. La derecha, naturalmente, ve en ésto la prueba definitiva de la inutilidad de la educación pública y la superioridad innata de la privada.
Falacias, naturalmente.
El rendimiento académico puro (es decir, exámenes) tiene que ver con el nivel de renta. Si un niño rico es un descerebrado, los datos en bruto (que al fin y al cabo es lo que cuenta en un examen) se le pueden exprimir en el cerebro a través de más clases extraescolares, más libros, y, si todo falla, a través de una escuela privada que le hará un exámen a la medida. Un niño pobre no tendrá nada de ésto.
La educación pública, por mucho que la condesa de Murillo nos diga lo contrario, no está para competir con la privada. La educación pública está para ofrecer una herramienta con la que superar las diferencias de renta y permitir una educación universal de calidad. Pero, naturalmente, ésto cuesta mucho dinero.
Y el dinero, naturalmente, ya se sabe a dónde va.
Seguiremos informando.






