lunes, 1 de febrero de 2010

La travesía del desierto

Cunde el desánimo entre la prensa afín al Gobierno. Las encuestas dan una ventaja sostenida al bigotismo, las cifras macroeconómicas no mejoran, el paro está disparado y mientras, el Gobierno, en lugar de adoptar medidas de izquierdas, se sale con ideas como la de la jubilación a los 67, lo cuál provoca la indignación de IU y de los sindicatos.

Es indudable que los sindicatos se han convertido en organizaciones conservadoras en el sentido de que su rol principal no es la consecución de nuevos derechos sino la defensa de los ya existentes. Pero curiosamente no veo en la jubilación a los 67 un recorte de derechos.

Me explico: cuándo se introdujo la edad de jubilación forzosa de 65 años, a principios de siglo, la expectativa de vida al nacer en España era de 50 años. El proveer para la jubilación nunca tuvo demasiada importancia para el legislador en aquella época, dado que lo normal era morirse trabajando. Y es por eso que tenían prioridad cosas como las pensiones de viudedad, el seguro de enfermedad y el seguro de paro. La jubilación era un merecido premio para los que tenían la suerte de sobrevivir hasta los 65.

Hoy, la expectativa de vida al nacer en España, es, de media, de 81 años. Al contrario que por aquél entonces, la inmensa mayoría de los trabajadores va a llegar a los 65 y jubilarse. Las pensiones de jubilación son, en consecuencia, muchísimo más gravosas para el Estado que lo originalmente planteado. El adelantar la edad es una consecuencia lógica del hecho incontestable de que tener 65 años hoy es muy distinto a tener 65 años hace una o dos generaciones.

Pero - se preguntarán mis lectores - ¿no era yo un progresista? ¿No tendría que aborrecer una ley que nos obliga a trabajar más tiempo del que trabajaron nuestros padres, contrariando así cualquier idea de mejora de calidad de vida de los trabajadores? Y la respuesta es que no vamos a trabajar más tiempo del que trabajaron nuestros padres. Lo que trabajaríamos de más retrasando la edad de jubilación queda compensado por la cada vez más tardía incorporación al mercado laboral.

En todo caso, el Gobierno sabe que ahora mismo está en sus horas más bajas. Es por eso que, en la medida en la que su moderación no se convierte por obra y gracia del Espíritu Santo en inactividad pura y dura (un vicio en el que parece estar demasiado inmerso) está aprovechando ahora para meter el cuchillo en cosas impopulares que de todas maneras deberán hacerse.

La idea es que, para 2012, la economía ya tire, el paro ya haya bajado, el AVE al Levante y al País Vasco ya estén terminados, y el PSOE no tenga que ir a las urnas como quién va al matadero.

Pero, mientras tanto, va a ser muy duro.