El diccionario alemán-español online de la Universidad de Chemnitz (de 1953 a 1990, Karl-Marx-Stadt) define Wende (f.) como "Viraje".
Die Wende; el Viraje: la forma que los alemanes definen ese extraño otoño de 1989 donde el mundo en el que habían crecido se fue al corno y lo que habían considerado generalmente como una vaga esperanza, tipo ganar la lotería o la paz en el mundo, ocurría a toda velocidad delante de sus ojos.
Nadie, repito, nadie, se creía de veras lo que estaba ocurriendo. Todo el mundo se esperaba, a últimísima hora, un golpe de timón en Moscú, que los militares soviéticos no aguantasen más y recibiesen instrucciones de aplastar el cambio bajo las orugas de sus T-64.
Y una intervención soviética en Alemania del Este, según todas las previsiones de la OTAN, derivaría invariablemente en que alguien sacase misiles de crucero de medio y largo alcance y, bueno, boom.
A ésto sumemos la tranquilidad que en Francia y en Gran Bretaña producía la división alemana, más en un plano psicológico que en uno racional-político. Como la frase que se le atribuye a François Mauriac: J’aime tellement l’Allemagne que je suis heureux qu’il y en ait deux (Me gusta tanto Alemania que estoy feliz de que haya dos.)
No era de extrañar que Helmut Kohl dijese, en la entrevista del último día en El País, que el único favorable a la reunificación alemana desde el principio fue Felipe González. Uno, siendo malvado, puede imaginarse esas reuniones del Consejo Europeo, donde todo el mundo ponía cara de gente reflexiva y seria y decía al respecto, "Bueno, por supuesto, es un proceso que será largo y difícil, blah, blah...", mientras que Felipe, siendo Felipe, "Claro que zí, Hélmu, ya verá como todo zale bien".
¿Por qué salió bien? Hasta 1984, más quizás que cualquier otro país del bloque del Este (a excepción de Bulgaria) el Politburó del SED no iba a mear sin instrucciones escritas de Moscú. Motivos había: por si no bastase con que en la RDA estuviesen las divisiones soviéticas mejor armadas y mejor entrenadas, Ulbricht, el primer líder de la RDA, había sido educado para llevar la Alemania comunista prácticamente debajo del sobaco de Stalin, y había creado una tradición de obediencia perruna a Moscú simbolizada en el beso eslavo de Honecker y Brezhnev.
Pero con la llegada de Gorbachov al poder, Honecker, que ya se las daba de veterano, consideró lo que todo comunista tarde o temprano tiende a considerar: que para ortodoxo, él. Durante los años de la perestroika se llegó al punto de que la Stasi censuraba las revistas soviéticas (¡!) que se mostrasen demasiado entusiastas con el reformismo.
Cuándo llegó
Die Wende; el Viraje: la forma que los alemanes definen ese extraño otoño de 1989 donde el mundo en el que habían crecido se fue al corno y lo que habían considerado generalmente como una vaga esperanza, tipo ganar la lotería o la paz en el mundo, ocurría a toda velocidad delante de sus ojos.
Nadie, repito, nadie, se creía de veras lo que estaba ocurriendo. Todo el mundo se esperaba, a últimísima hora, un golpe de timón en Moscú, que los militares soviéticos no aguantasen más y recibiesen instrucciones de aplastar el cambio bajo las orugas de sus T-64.
Y una intervención soviética en Alemania del Este, según todas las previsiones de la OTAN, derivaría invariablemente en que alguien sacase misiles de crucero de medio y largo alcance y, bueno, boom.
A ésto sumemos la tranquilidad que en Francia y en Gran Bretaña producía la división alemana, más en un plano psicológico que en uno racional-político. Como la frase que se le atribuye a François Mauriac: J’aime tellement l’Allemagne que je suis heureux qu’il y en ait deux (Me gusta tanto Alemania que estoy feliz de que haya dos.)
No era de extrañar que Helmut Kohl dijese, en la entrevista del último día en El País, que el único favorable a la reunificación alemana desde el principio fue Felipe González. Uno, siendo malvado, puede imaginarse esas reuniones del Consejo Europeo, donde todo el mundo ponía cara de gente reflexiva y seria y decía al respecto, "Bueno, por supuesto, es un proceso que será largo y difícil, blah, blah...", mientras que Felipe, siendo Felipe, "Claro que zí, Hélmu, ya verá como todo zale bien".
¿Por qué salió bien? Hasta 1984, más quizás que cualquier otro país del bloque del Este (a excepción de Bulgaria) el Politburó del SED no iba a mear sin instrucciones escritas de Moscú. Motivos había: por si no bastase con que en la RDA estuviesen las divisiones soviéticas mejor armadas y mejor entrenadas, Ulbricht, el primer líder de la RDA, había sido educado para llevar la Alemania comunista prácticamente debajo del sobaco de Stalin, y había creado una tradición de obediencia perruna a Moscú simbolizada en el beso eslavo de Honecker y Brezhnev.
Pero con la llegada de Gorbachov al poder, Honecker, que ya se las daba de veterano, consideró lo que todo comunista tarde o temprano tiende a considerar: que para ortodoxo, él. Durante los años de la perestroika se llegó al punto de que la Stasi censuraba las revistas soviéticas (¡!) que se mostrasen demasiado entusiastas con el reformismo.
Cuándo llegó