domingo, 19 de septiembre de 2010

This Pope means Business

En tiempos de crisis, los negocios con problemas tienen, generalmente, dos opciones: o intentar expandirse abriendo nuevos mercados, lo que siempre es caro y aventuroso, o entonces saquear ostensivamente la clientela de la competencia. Podemos ver ésto en la insoportable tortura a la que el ciudadano medio es sometido por los comerciales de Telefónica, pobres hombres y mujeres que pasan turnos larguísimos en un call-center en el Norte de Argentina sólo para que yo les mande al cuerno de la forma más firme y delicada posible.

El Benedicto Ratzinger está trabajando para seguir las dos líneas de negocio a la vez, pero como China aún no se ha abierto al mercado religioso global - el Partido no quiere rivalidades en lo sobrenatural - ha decidido que la mejor manera de ampliar negocio es meter las dos manos en la miel de los competidores. Y el competidor más tocado por la crisis, ahora mismo, es la Iglesia Anglicana.

La iglesia anglicana, o, como se la llama fuera de Inglaterra, episcopal - es decir, protestantismo con obispos - está sumergida en la que probablemente es la crisis más grande de sus casi 500 años de historia. Deriva del hecho de que mientras la mayoría de diócesis estadounidenses, y en menor medida, la Iglesia de Inglaterra (que al estar bajo la protección formal del Estado, está centralizada), están sumergidas en un proceso de puesta al día inmenso y comprehensivo (incluyendo, por ejemplo, la ordenación de mujeres y gays como obispos) las iglesias menores, de adscripción formalmente anglicana, que dominan en gran parte de África Meridional y Oriental y el Caribe, ven éste proceso como un pecado horrendo y una traición al cristianismo. Naturalmente, la Iglesia Católica, siempre interesada en sacar tajada en el Tercer Mundo - el único sitio donde el negocio sigue creciendo - ve en ésta crisis la oportunidad de llamar la atención de éstas iglesias menores y atraerlas hacia una adscripción romana donde puedan seguir manteniendo su extremismo ultra en paz.

El bocado afrocaribeño es la tajada más importante que Ratzinger Z quiere sacar de su cortejo hacia los anglicanos, pero no es la única. El viaje al Reino Unido tiene también una intención poco disimulada de cismar la Iglesia de Inglaterra a su favor.

Durante la época victoriana, el ascenso del racionalismo y el socialismo alteró los cimientos de la antaño monolítica Iglesia de Inglaterra. Las clases medias burguesas abandonaban en masa los templos anglicanos para marcharse al seno de los presbiterianos o los metodistas, aumentando el peso dentro de la Iglesia de Inglaterra de una congregación aristocrática y profundamente conservadora. Y lo que es peor, el catolicismo empezaba a ganar peso entre un sector de la intelectualidad británica, considerada como una fuente de valores místicos y morales dentro del antirracionalismo que empezó a ser sinónimo de conservadurismo en la época.

La combinación de ambas tendencias aumentó la diferenciación dentro del anglicanismo entre la llamada "gran iglesia" ("high church") de rituales, liturgia y teología elaboradas y prácticamente católicas, y la llamada "iglesia amplia" ("broad church"), con un ritual más simplificado y llano destinado a atraer al mayor número de fieles posibles. Obviamente, la "high church" era la iglesia de la aristocracia y el poder, y dentro de la Iglesia Anglicana fue la tendencia, si no mayoritaria, sí dominante.

A partir de los años 70, sin embargo, la Iglesia de Inglaterra, con los aires del Concilio Vaticano II soplándoles en la espalda, decidieron tirar por la liberalización. Pero mientras que en la Iglesia Católica el proceso de aggiornamento se cortó en seco por la Segunda Contrarreforma wojtylo-ratzingeriana que estamos viviendo, en la Iglesia de Inglaterra tiró aún más lejos, y no da visos de querer parar. Obviamente, todas éstas modernidades son vistas con horror por los de la "Gran Iglesia".

Y es ahí donde Roma quiere pescar. Los "high-churchers" no son demasiados cuantitativamente, pero entre ellos reside lo más granado de la aristocracia y la alta burguesía británicas, la clase de gente siempre bienvenida por Roma a la hora de financiar sus aventurillas y sistemas educativos paralelos. En 2009, se publicó una constitución apostólica (legislación canónica de primer orden) permitiendo a los sacerdotes anglicanos pasarse al catolicismo sin demasiadas complicaciones, y en éste viaje, además de dar la vara con su mensaje anti-moderno de siempre y liarse con la ley de Godwin, ha beatificado a John Henry Newman, el más famoso de los "high-churchers" del siglo XIX, que colaboró en fundar un movimiento pro-gran-iglesia llamado Movimiento de Oxford, y tras escribir una serie de tesis a favor de una liturgia más católica, acabó dando el paso: se convirtió al catolicismo y acabó siendo cardenal.

Sutil como una pedrada, el germano.

Seguiremos informando.