lunes, 22 de junio de 2009

Voyage Voyage (II)

Fascina de los napolitanos su negativa absoluta a sacar conclusiones por su cuenta de cualquier cosa que les digan (hay que comprender que en un mundo dominado por la Camorra, pensar es, generalmente, una mala idea): todo el mundo tiene una anécdota parecida y la mía fue en un kiosco de prensa del puerto de Nápoles.

CardinalXiminez: ¿Tiene billetes de autobús?
Napolitano: Sí.
(Pausa tensa de unos breves segundos.)
Napolitano: ¿Los quiere?

En todo caso, volvimos de Sorrento tan aterrados por Nápoles (opinión no atenuada precisamente por el hecho de que, en pos de un autobús para volver al barco, atravesásemos por el pleno núcleo del barrio portuario, con sus vendedores tuertos de fruta, restaurantes a los que sólo falta el cartel de "Mafia welcome" en la puerta y lo que nunca había visto en directo en la vida, un tipo llevando un cerdo congelado a la espalda en plena calle) que decidimos retirarnos directamente al barco, no sin antes pasar a hacer lo que yo, personalmente, había venido a hacer en Nápoles: comerme una pizza. Y eso hicimos. Mi hermano el Mat, dotado de un espíritu más aventurero que el mío, decidió quedarse en Nápoles y pasear en un autobús turístico (a unos extorsivos 22 euros por pasajero) y se llevó a mi tía y a mi abuela, mientras que el resto de la familia se refugiaba en la aséptica seguridad del barco. Y, por lo que me contaron, descubrieron que, a pesar de los múltiples pesares, Nápoles es una hermosísima ciudad, con nobles edificios neoclásicos construidos por el mejor rey que ha tenido Nápoles, Carlos VII (usted, señora, lo conocerá mejor por el nombre que se le dio una vez se le ordenó volver de allí: Carlos III) y hermosas vistas del imponente Vesubio y del enorme golfo.

En todo caso, cuándo volvieron, ya era tarde. Nuestro siguiente destino era Civitavecchia, desde donde partiríamos a Roma.

Seguiremos informando.