lunes, 19 de julio de 2010

Tener un ejército hoy: la lección de Srebrenica

Durante éstos días se cumplen quince años de la masacre de Srebrenica. He hablado alguna vez de Srebrenica en el blog, pero en éste caso, haciendo una excepción, prefiero volver a contar la historia desde el principio.

Bosnia y Herzegovina siempre ha sido un territorio de frontera para todo el mundo. Está situado en el límite de la Europa católica, en el límite de la Europa ortodoxa y en el límite de la Europa musulmana - al mismo tiempo. En consecuencia, en un territorio como el bosnio, compuesto de un número infinito de pequeños valles, se puede dar perfectamente el caso de que a pocos kilómetros los unos de los otros hayan pequeños pueblos católicos, pequeños pueblos musulmanes y pequeños pueblos ortodoxos. Como todo español que haya pasado un par de semanas en el pueblo de los abuelos sabe, no hay peor ni más viciosa rivalidad que con el pueblo de al lado - y si le sumamos navajas barberas y escopetas recortadas a la ecuación, las posibilidades de un mal final aumentan exponencialmente.

La pelea ancestral origen de todo el jaleo es la existente entre croatas y serbios. Ambos pueblos descienden de las migraciones eslavas de la Alta Edad Media, pero nunca se lo digas en voz alta. Llegó un momento en que los serbios adoptaron la ortodoxia de los bizantinos y los croatas el catolicismo de los venecianos, los dos países que cortaban el bacalao en el Mediterráneo Oriental, y en aquél momento decidieron llevarse abiertamente a la perra. Conforme los croatas y los serbios empezaron a recortarle cachos al reino de Bosnia, que estaba justo en medio de ambos países, llegó el Imperio Otomano con las rebajas. Los bosnios (o bosníacos), que sabían que entre la pelea entre serbios y croatas ellos llevaban las de perder, se adherieron en masa a las costumbres y religión del invasor, añadiendo un tercer factor - mucho más pequeño - al ya de por sí explosivo calderón.

Dado que los bosnios ya habían encontrado a su particular Papá Oso en el Imperio Otomano, tanto serbios como croatas decidieron buscarse un amigo fuerte: los croatas lo encontraron en los Habsburgo, los serbios lo encontraron en Rusia. Durante un par de siglos los Habsburgo fueron mucho más poderosos que Rusia, así que los croatas, como católicos, estaban relativamente mejor que los serbios dentro del Imperio Austríaco - luego austrohúngaro. Pero a lo largo del siglo XIX y principios del XX la estrella de los Habsburgo empezó a decaer mientras la de Rusia no hacía sino subir. Con cada signo de decadencia austríaca los serbios veían más próximo el día en el que le harían comer a los croatas su prepotencia con patatas, así que un bello día de 1914 un señor serbio llamado Gavrilo Princip decidió acelerar el fin de los Habsburgo vía pistola - con éxito.

Como saben, ese acto fue la excusa final para ese cipostio fenomenal que se dio en llamar I Guerra Mundial. Y cuando terminó, por mucho que Wilson se empeñase en la libre determinación de los pueblos y demás mandangas, Serbia fue a Versalles a cobrar que había estado en el lado de los buenos en una zona de Europa donde casi nadie lo estaba - y se llevó de premio casi toda la región balcánica que había estado en poder de los Habsburgo.

Aun así, quedaba feo llamar a todo aquello Serbia - no estaban ya de por sí cabreados los croatas ni nada - así que se inventó un engendro llamado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, pero como eso no cabía en los pasaportes se le acabó dando el nombre de Yugoslavia, o sea, Tierra de los Eslavos del Sur. Pero que nadie se llevase a engaño: aquello era una Gran Serbia, llevada desde Belgrado por un rey serbio y una dinastía serbia. Nótese que en ningún momento entran los bosnios en la ecuación; ortodoxo o católico, Yugoslavia era un país cristiano, y los bosnios eran unos atrasados de las montañas indignos siquiera de consideración política.

Llegó la II Guerra Mundial. En 1940, Benito Mussolini, en uno de estos actos tan profundamente italianos de temeridad estúpida, invadió Grecia, únicamente para empantanarse en una guerra menor en la que llegó a tener una clara posibilidad de perder. En Berlín, Hitler soltó una retahila de insultos en incomprensible dialecto altoaustríaco y empezó a buscar soluciones. Estaba claro que la Wehrmacht necesitaba llegar lo antes posible a Grecia a echarles a una mano, así que decidió tirar por el camino más rápido: Yugoslavia. A los italianos tampoco les gustaba una Yugoslavia fuerte, y tenían aspiraciones territoriales - raro era el sitio del Mediterráneo donde no las tuvieran - así que desmenuzar Yugoslavia era una buena idea para todos. Así que adoptaron la solución más inteligente: decirles a los eslovenos y a los croatas que si se unían al Eje, entre todos darían a los serbios p'al pelo. Tanto eslovenos como croatas se sumaron al sarao en cinco segundos:



Pero mientras los eslovenos llevaron las de perder con la ecuación (el territorio esloveno fue dividido sin mayor ceremonia entre Alemania e Italia) los croatas recibieron su propio territorio, el Estado Independiente de Croacia. Aunque llegaron a nombrar rey a un pobre cuñado del rey de Italia, quién mandaba allí era un señor llamado Ante Pavelic, que montó una agradable milicia de hombres de negro - la Ustasha - cuyo principal objetivo era matar "insurgentes", lo que venía a decir matar serbios, tarea a la que se dedicaron con notable entusiasmo. Obviamente los serbios combatieron con igual alegría, formando no una, sino dos resistencias paralelas: por un lado, los "chetniks", ultramonárquicos de extrema derecha, que querían que las cosas volvieran a ser como eran, quizás con menos croatas; y por otro, la resistencia comunista, los partisanos, liderados por Josif Broz, alias Tito. Obviamente cuándo el Eje dejó de poder sostener títeres por ahí los croatas se quedaron con el culo bastante al aire. Los partisanos de Tito ganaron finalmente la guerra civil antes de que el Ejército Rojo llegase, así que pudo decir a los soldaditos soviéticos que se asomaron a la frontera que aquél ya era un país comunista y que se fuesen a violar abuelitas a otra parte.

Tito decidió solventar el problema del saco de gatos que era Yugoslavia con el contundente peso de sus testículos de acero forjado. Mi historia favorita sobre Tito es la carta que le mandó a Stalin a principios de los 50, cuándo la afición de Tito a ir por libre empezó a levantar columnas de humo en el Kremlin:

"Deja de enviar a gente para que me mate. Ya hemos detenido a cinco de ellos, uno con una bomba, otro con un rifle (...) Si no dejas de enviarme asesinos, enviaré yo uno a Moscú, y no tendré que enviar a un segundo."

Podría decirse que un señor capaz de hablarle así a Stalin era capaz de solventar los conflictos étnicos en Yugoslavia. Yo lo leería al revés: un señor capaz de solventar los conflictos étnicos en Yugoslavia era perfectamente capaz de hablarle así a Stalin. Tito mantuvo el concepto de Yugoslavia y la capital en Belgrado, pero consiguió hacer un juego de malabares para que ningún estado se sintiese agraviado y formar, mal que bien, una identidad yugoslava, representada en él mismo: de padre croata y madre eslovena, no era ni lo uno ni lo otro, sino algo distinto.

Obviamente, cuándo Tito palmó nadie pudo mantener eso en pie. Un tipo llamado Slobodan Milosevic decidió aumentar su poder dentro del Partido erigiéndose en representante de los serbios "oprimidos". Su argumento era muy claro: si los eslovenos son diez veces menos, ¿por qué tienen el mismo poder en Yugoslavia que los serbios? Quedó claro que Serbia, con Milosevic a la cabeza, iba a intentar que Serbia recuperase la preponderancia que tenía en el preguerra. Era la excusa que croatas y eslovenos necesitaban para sacar del armario sus viejos resentimientos: quince años después de que Tito la palmase, la Yugoslavia que él dejó ya no existía.

Los eslovenos se dieron el piro en 1991, en una guerra que duró menos de dos semanas: sin frontera con Serbia y homogéneamente poblada por eslovenos, la independencia se hizo efectiva sin demasiados problemas. Libres de Eslovenia, serbios y croatas se dedicaron a hacer lo que mejor sabían: matarse entre sí. En 1992, en Bosnia, se creó la República de Bosnia y Herzegovina, basada en un principio muy simple: si los serbios tenían Serbia y los croatas tenían Croacia, los bosnios deberían tener Bosnia. ¿O no?

Pues no. Tanto serbios como croatas dijeron que nanay: que donde hubiera un serbio o un croata eso era Serbia o Croacia y que eso de Bosnia era una cretinez. Pronto extendieron la guerra que tenían entre sí a Bosnia, y en 1993 era ya una terrible historia de todos contra todos. Pero al poco tiempo los croatas de Bosnia vieron que por si solos no podían contra los serbios: se arrimaron a los bosnios y llegaron a la terrible conclusión de que o luchaban juntos o los serbios les iban a barrer.

A todo ésto la naciente Unión Europea veía aterrorizada como gente blanca se mataba entre sí a un poco más de 500 kilómetros a vuelo de pájaro de Roma. Así que se hizo que las Naciones Unidas articulasen una fuerza militar de "interposición", esperando que tanto unos como otros tendrían la sensatez de no liarse a tiros estando soldados de países "de verdad" delante.

Así llegamos a Srebrenica, un pueblo al este de Bosnia y Herzegovina, en julio de 1995. Srebrenica era un pueblo pobre, y el valle en el que se asentaba se diferenciaba de los valles de alrededor por ser mayoritariamente bosnio y musulmán cuando casi todos los valles de al lado eran serbios y cristianos.

En consecuencia, la fuerza de la ONU determinó que Srebrenica sería un "lugar seguro" para la población musulmana de los alrededores. Y para reforzar la seguridad del lugar, se puso un destacamento de 400 soldados holandeses.

Ese verano de 1995 cada vez quedaba más claro que la presión de los Estados Unidos forzaría un acuerdo de paz en breve. Como siempre que pasa eso los ejércitos se apresuran en tomar todo lo que pueden, fijando las futuras fronteras con la punta de la bota.

Así pues, el ejército de la República Serbia de los Serbios de Bosnia se dedicó sistemáticamente a recorrer los valles, matando a todo aquél que no hubiese tenido la suerte de poder salir corriendo. Y casi todos los que huían se fueron a poner bajo la protección de la ONU en lugares seguros, como Srebrenica.

El 4 de julio, el ejército serbio llegó a Srebrenica. Rodearon el pueblo, matando a todo aquél que no se había metido ya en la población, y finalmente, se acercaron a los 400 soldados holandeses y les dijeron: o os apartáis, o os matamos a vosotros también.

Los soldados holandeses no tenían permiso para hacer lo que debían hacer: liarse a tiros. No lo tenían, ni se lo dieron. La OTAN no podía ayudar, salvo con un ataque aéreo, donde no fueran posibles las bajas. Era apartarse del camino o incumplir las órdenes.

Los holandeses se apartaron. Se retiraron a su base, donde se refugió quien pudo.

Los serbios tomaron Srebrenica. Durante los diez días siguientes, fueron llevando a los hombres a puntos apartados del valle y fusilándolos sumariamente. Los cálculos dan una cifra de alrededor de 8.000 muertos.

Los holandeses purgan la pena de Srebrenica hasta hoy. Su ejército, tan profesional él, tan preparado él, tan equipado él, fue testigo de la mayor matanza en Europa tras la II Guerra Mundial y solamente estuvo autorizado a mirar.

Es una lección que debemos aprender nosotros también. Todas esas mandangas de la propaganda del Ministerio de Defensa, diciendo que los soldados españoles son defensores de los derechos humanos y la paz, son meras tonterías. Si mañana en Afganistán llegasen a una base española cien Toyotas Hiace cargados hasta los dientes de talibanes armados, ¿nos atreveríamos a liarnos a tiros en serio? ¿Estaríamos dispuestos a que muriesen diez, veinte, cincuenta soldados españoles en una acción armada? ¿Estaríamos dispuestos, en serio, a que soldados españoles diesen la vida luchando en una batalla de verdad?

La respuesta es que no. Llega a pasar eso y también nos apartaríamos. Y para eso, la verdad, no nos hace falta un ejército.

Seguiremos informando.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Que buen rato de história me has hecho pasar, macho. Te felicito. No te canses de postear, que me siento como un parásito que se beneficia del huésped. Una garrapata, vamos.

David M.

Ulises dijo...

Muy interesante!
Gracias!

Javier dijo...

Me ha encantado la entrada, de verdad. Un resumen claro y conciso de la última guerra europea.

Con lo único con lo que no acabo de estar de acuerdo es con el último parrafo. O al menos no estoy totalmente de acuerdo. Cierto que si se diera ese caso las ordenes que recibirían los españoles sería la de cerrar la boca y retirarse, pero una cosa son las órdenes, y otra lo que se hace. Me gustaría creer que lo que ocurrió en Konjic (Bosnia) en 1.993 se volvería a repetir.

Aquí te dejo el enlace de la versión oficial:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/BALCANES/ORGANIZACIoN_DE_LAS_NACIONES_UNIDAS_/ONU/GUERRA_DE_LOS_BALCANES_/1991-1995/teniente/espanol/evita/detencion/260/civiles/soldados/croatas/perseguidos/milicianos/musulmanes/elpepiint/19930427elpepiint_4/Tes

Y aquí lo que ocurrió de verdad. Espero que disculpes que utilice una entrada de mi propio blog, pero te puedo asegurar que es información de primera mano, facilitada por mis compañeros al día siguiente.

http://la-osera-de-javi.spaces.live.com/blog/cns!6D797E777563B26D!841.entry

Arturo Espada dijo...

Interesante entrada. Con un lenguaje ameno e inteligible para todos los no estudiosos de la Historia, una pizca de humor que contrarresta el corrosivo dramatismo que supone esa zona tan conflictiva... Me has ayudado bastante a entender el porqué de esos odios. Yo creía ingenuamente que una guerra era de uno contra otro, pero aquí son todos contra todos, y por extensión, todas las demás guerras pueden ser así...

Unicamente me queda la duda de dónde salen los eslovenos, que citas a medio post de repente; y qué papel tienen en este conflicto los albanos, los albano-kosovares y Montenegro. Y si los países (o comunidades) circundantes a favor y en contra de quiénes están: Macedonia, Bulgaria, Rumanía, Hungría, y sobre todo Rusia.

A pesar de la famosa carta de Tito a Stalin, Rusia tiene una inmensa influencia en la zona (de hecho, siempre he sospechado que las distintas guerras en esa región en los noventa se han hecho con el beneplácito de Rusia: si Europa mandaba sus tropas a "calmar" la región desde el principio, lo que demandaba la población civil europea, la respuesta rusa hubiera sido... em, contundente; los dirigentes europeos han quedado en entredicho, y EEUU ha entrado en juego, porque si no, no lo entiendo).