miércoles, 3 de diciembre de 2008

Rama Lama Ding Dong

De todas las monarquías existentes en éste mundo de Dios (Mademoiselle Fifí mantiene una lista actualizada) una de las más interesantes y complejas es la tailandesa. Aunque Tailandia es un país abrumadoramente budista, la legitimidad fundamental del rey viene de que su familia se atribuye descender de un avatar de Vishnú, una divinidad hinduista. En consecuencia, el rey Bhumibol Adulyadej (los occidentales pueden llamarle Rama IX), en teoría, no sólo es el rey de Tailandia, sino además, un descendiente divino, un ser sagrado intocable y poderoso. En la práctica, es un señor a punto de cumplir 81 años (coronado en 1946, es el monarca que lleva más tiempo en el trono) y que sigue poseyendo las orejas más grandes del Sudeste Asiático. (Gracias a ésta última frase, éste blog pasa a ser censurado en Tailandia. Espero recibir una notificación de los censores. Mándenmela. Me sentiré orgulloso.)

La sacralización de la monarquía tailandesa no sólo viene de su descendencia divina, sino del propio orgullo nacional que produce el régimen. Recordemos que gracias a la prudencia de los antecesores del actual rey, Tailandia consiguió mantenerse como el único país independiente en dos mil kilómetros a la redonda. Técnicamente, la monarquía sigue siendo, de lejos, la institución más popular en Tailandia. El problema es que nadie puede medir exactamente cuán popular es, pues Tailandia tiene posiblemente las leyes de lése majesté más chungas del mundo.

Todos los años sale alguna historieta de éstas: un turista, normalmente australiano o británico, borracho como una mofeta (es un símil brasileño), comete alguno de los múltiples actos que pueden considerarse ofensivos al rey: apoyarse en uno de los millones (literal) de carteles con la imagen del rey, no levantarse cuándo aparece la foto del rey al empezar la película en el cine, o, incluso, meterse con sus orejas (¿se nota que me fascinan las orejas del rey Bhumibol?). Se va al calabozo un tiempo, se le pasa la mona, viene el consulado, le dan unas collejas y a esperar el próximo caso.

La cuestión es que la lesa majestad se ha convertido en el instrumento por excelencia para hacer política en Tailandia. Como son leyes tan complicadas, basta que se levante alguien para decir "ha mirado mal al Rey" para que esa persona pueda perder el cargo, o incluso la vida. Así pues, cada vez que alguien le ha caído mal a Rama IX, nunca ha faltado nadie para acusar de lesa majestad a esa persona. Y una vez hecho ésto, esa persona nunca ha durado mucho donde quiera que estuviese.

Recordarán que en 1997 Tailandia fue alcanzada por una crisis económica chunga: la moneda nacional se hundió, el desempleo subió, y no queda claro si nos llegaron a pagar por el portaviones que les vendimos. Como siempre que hay un deshielo económico de éste tipo, los populismos crecen como setas. Y de aquí vienen los problemas.

Entra en escena Thaksin Shinawatra. Un ex-policía, fundador de la primera empresa de telefonía móvil de Tailandia, tiene ambiciones políticas, labia y mucha pasta: las comparaciones con Silvio Berlusconi no van desencaminadas. En las elecciones de 2001, el partido del señor Shinawatra, Tailandeses que aman a los Tailandeses, gana las elecciones. Inmediatamente empieza a aplicar políticas keynesianas que le hacen tremendamente popular pero que le granjean la antipatía de las élites del país que llevan gobernando desde, bueno, siempre.

Así, pues, se empiezan a articular las fuerzas contra Shinawatra. Así que entrevistan a un monje budista en una revista (no me diréis que no es guay) diciendo que el primer ministro quiere ser más poderoso que el rey. Anatema, naturalmente, pero es la primera piedra del dominó de la lesa majestad. Y lo único que el primer ministro puede hacer es demandar a la revista: meterse con el monje sería sacrilegio.

Vestidos de amarillo (el color de la monarquía) los conservadores de Bangkok salen a la calle: empiezan a surgir protestas contra Shinawatra, que van subiendo de nivel hasta que el ejército entra en escena; en septiembre de 2006, hay un golpe de estado y Shinawatra, que está en Nueva York, se ve derrocado. Los golpistas se declaran monárquicos (por si quedase alguna duda, en lugar de las habituales marchas militares de los golpes, las radios emiten canciones compuestas por el rey) y el rey, como no, apoya el golpe.

Thaksin Shinawatra se muda a Londres, y, para entretenerse, compra el Manchester City (ya dije que tenía dinero). Mientras, en Tailandia, los militares (presionados por Estados Unidos, que no es tan fan de las dictaduras como antes) hacen una nueva constitución, convocan nuevas elecciones...y las pierden.

Un partido populista, el Partido del Poder del Pueblo (no son muy originales, no) gana las elecciones. Shinawatra puede volver a Tailandia, y lo hace, aunque pronto le queda claro que en algún momento le entrullarán: cuándo no por la lesa majestad, por las leyes estilo Berlusconi que promulgó durante su mandato (una de las más guays le permitió vender su porcentaje en la mayor telefónica del país a una empresa de Singapur...y agenciárselo todo libre de impuestos) así que, cuándo puede (durante los Juegos Olímpicos de Pekín) se pira otra vez a Londres.

Y, vuelta a empezar: el molinillo de la lesa majestad vuelve a funcionar, la derecha bangkokita vuelve a vestirse de amarillo y a salir a la calle, y ayer mismo, el Partido del Poder del Pueblo es prohibido por el Tribunal Constitucional.

¿Y qué queda? El rey cumple 81 años el viernes: ya está muy mayor, y su heredero designado no parece tener una pizca del carisma y del tacto político de su papá.

El republicanismo en Tailandia, hoy, parece un espejismo. Veremos.

Seguiremos informando.

P.D. ¿Se imaginan que en 2000 el PP hubiera ganado sin mayoría absoluta? ¿Se imaginan que toda la oposición, del PSOE hasta Coalición Canaria, se hubiera coaligado en contra del gobierno y hubiera hecho una moción de censura constructiva? Bienvenidos a Canadá, 2008. Hablaré sobre el tema, próximamente.