lunes, 29 de diciembre de 2008

Vota sangre

Israel suele presumir (y la derecha global con ellos) de que son la única democracia estable de Oriente Medio. El hecho de que la propia actividad del Estado de Israel ha contribuido largamente a la veracidad de esa afirmación (véase, por ejemplo, la actividad democratizadora de Israel en Líbano) suele ser alegremente ignorada.

Pero la democracia israelí es, como el país en sí, muy sui generis. Una de las primeras cosas que me sorprendió, por ejemplo, fue que las élites, tanto políticas, como culturales, como económicas, durante los primeros treinta años de la existencia del Estado de Israel, eran mayoritariamente de izquierda marxista (el sionismo laborista del que ya he hablado) y que fue la derecha israelí la que creció a través del populismo obrero militante (normalmente es al revés). También fue sorprendente el hecho de que uno de los puntos fundamentales de la carrera de cualquier político israelí con aspiraciones debía ser un acto heroico de guerra.

Bien, partamos de la base: Israel celebra elecciones éste año que entra, y el Likud del renacido Benjamín "Bibí" Netanyahu va disparado por delante en las encuestas. El Likud basa su política en el que yo llamo Primer Consenso Sharon. ¿Y qué rayos es el Primer Consenso Sharon? Me explicaré.

El sistema de partidos de Israel es uno de los más atomizados del mundo, si uno exceptúa a los italianos y a los belgas. Hay 12 (doce) partidos en la Knesset, de 120 escaños, lo que da una proporción de 10 escaños por partido (en España esa proporción es de 35, en Canadá, 76). Como todavía nadie ha conseguido mayoría absoluta en la vida, y, al fin y al cabo, se trata de la propia existencia del Estado, entre la ciudadanía y los partidos políticos israelíes se desarrollan consensos. El primer consenso fue el Consenso del Laborismo Sionista o el Consenso Ben Gurión: Echar a los árabes, quedarse sus tierras y crear colonias agrícolas de un lado, del otro aguantar todo lo que se pueda a los ataques árabes, con el apoyo y patrocinio de los Estados Unidos. Éste primer consenso aguanto una treintena de años, hasta que reventó por tres costuras: primero, que lo de crear colonias agrícolas ya no era tan popular como antaño; segundo, que con la crisis del petróleo Estados Unidos ya no estaba tan dispuesto a pagar las facturas de Israel; y tercero, la aparición del terrorismo palestino. De ahí la aparición del Consenso Begin: "Paz con los enemigos exteriores, leña a los palestinos hasta que se corrijan". Técnicamente a los palestinos les dio por corregirse: Yasser Arafat se hizo mayor y más blandito, lo que dio paso al tercer consenso, o el Consenso Rabin: "Si damos territorios y autonomía a los palestinos, éstos nos darán tranquilidad." De ahí los acuerdos de Oslo, la foto de Rabin con Arafat, en fin, la historia consabida.

La muerte de Rabin ya muestra que el Consenso Rabin no era tan consenso. Los über-israelíes estaban ascendiendo, gracias a dos factores: primero, la entrada masiva de judíos de la Unión Soviética, terriblemente anti-socialistas, y segundo, el simple peso demográfico de los judíos ortodoxos. Al mismo tiempo, Hamás surgía como alternativa militante a la pasmosamente corrupta OLP, que iba perdiendo poder conforme Arafat iba chocheando. El Consenso Rabin murió definitivamente el día en que empezó la Segunda Intifada.

Yo me acuerdo porque pasó una semana después del primer (y último) viaje de mi mamá a Israel: Ariel Sharon fue a pasear por la Explanada de las Mezquitas. Para entender ésto, imagínense que Josep Lluis Carod Rovira viaja a Madrid, se baja del avión en calzoncillos blaugranas, pasea por la ciudad bajo fuerte escolta policial y aclamaciones del público y se caga en la puerta del Sol. Ahora multiplíquenlo por cinco mil. Ahí empezarán a tener una idea de lo que fue la Segunda Intifada.

Con ese acto, Ariel Sharon quiso demostrar de forma empírica una idea que, vista la reacción, caló fuertemente en la sociedad israelí: el Primer Consenso Sharon. La idea es que hagas lo que hagas, los palestinos, todos ellos, son ignorantes, violentos y asesinos, y su objetivo es destruir Israel. En consecuencia, lo que uno debe hacer es: a) Mantener la paz en las fronteras exteriores, violentamente si es preciso. b) Empujar la ocupación de Cisjordania hasta que los palestinos se mueran o se vayan, lo que ocurra primero. c) Ninguna agresión palestina debe pasar sin venganza. d) Lo que opinen los países que no sean Estados Unidos no tiene importancia. e) Si la opinión pública estadounidense se pone en tu contra (lo que ya de por sí es improbable) recordar que los palestinos son ignorantes, violentos y asesinos. Sencillo y fácil.

La oposición al Consenso Sharon viene de la izquierda y de la derecha. De la izquierda, porque manda al carajo las esperanzas de paz secula seculorum, y de la derecha, porque implica reconocer que Israel tiene, efectivamente, unas fronteras exteriores, limitando su expansión territorial. El problema fue que Sharon, como buen estratega y pésimo político que era (o es, recuerden que sigue vivo) consideró que Gaza era una frontera exterior; el Likud dijo que no, y de ahí se fragmentó el partido. El Kadima, el actual partido en el gobierno, era Sharon, y el actual primer ministro, Ehud Olmert, es un pringado corrupto. La sucesora y candidata del Kadima, Tzipi Livni, es una mujer, y aunque Netanyahu no es un héroe de guerra, su hermano sí lo fue (permítanme un momento Vicisitud y Sordidez: hay una peli sobre el tema dirigida por ¡Menahem Golan! Y con ¡Klaus Kinski!)

Así pues, los trescientos muertos de Gaza son un ejercicio del gobierno israelí para demostrar que son más machos que el Likud. El Consenso Sharon exige sangre de los palestinos. Simple y llanamente. Lo que ocurra ahora sí puede ser decisivo: ¿se atreverán a ocupar Gaza, o no?

Seguiremos informando.