lunes, 19 de octubre de 2009

Mentirijuelas

Creo que mi opinión acerca de la manifa del sábado queda plenamente reflejada en éste artículo que escribí hará tres semanas, así que no me extenderé acerca del tema.

La Iglesia Católica es una institución que existe, según los cálculos más conservadores, desde hace mil quinientos años, así que es de esperar que sepan un poco de política. Y en una hábil treta, pasan de los ultra-sur (los del sábado) a los católicos del PSOE (los del domingo) para que hoy lunes, al abrir el periódico, parezca que la crítica a la nueva ley es tan amplia y comprensiva que se hace imprescindible un consenso acerca de la política abortiva.

Para empezar, no hay una "política abortiva". Se trata de hacer que quién tenga un útero fértil sea la única responsable de lo que hace con él; ni más ni menos; incluso, más bien, menos, porque a pesar de los alaridos del carcatolicismo exacerbado, la reforma propuesta sigue siendo bastante timorata.

Y segundo, no nos engañemos. Para quién vive en el tenebroso mundo del dogma la idea de consenso es una falacia. Se trata de sujetar las riendas de la Ley hasta que esté lo más cerca posible a la idea católica de que every sperm is sacred.

Y es imposible mover a la Iglesia española de esa posición, máxime cuándo se ha alzado en nueva luz de Trento de la segunda Contrarreforma wojtyliana que campa por sus anchas en la Ciudad del Vaticano. Roma se ha propuesto convertir a España en centro de la nueva contrarrevolución de la moral, alimentada por la inmensa adaptabilidad del marketing católico, que ha conseguido convertir a Joseph Ratzinger en el cuarto de los Jonas Brothers.

Siempre, siempre, he sido partidario de la negociación y el consenso todas las veces que sea posible y cuántos botellines de agua mineral sean necesarios.

Pero ante un adversario cuyas posiciones son dogmáticas y cerradas es necesario responder con la contundencia de los hechos consumados: en España, en lo que a moral se refiere, se han de avanzar los derechos primero y hablar después.

El título del artículo es "mentirijuelas", y viene dado por una pregunta: ¿por qué no es un escándalo cuándo la Comunidad de Madrid da como oficiales unas cifras de asistencia que son veinte (20) veces mayores que las reales y cuyo método de obtención no es público? ¿Tan acostumbrados estamos a que Esperanza Aguirre nos mienta en las narices? ¿Hasta cuándo?

Seguiremos informando.