martes, 8 de julio de 2008

El deseable fin del europeísmo acrítico

Acaba de terminar el Congreso del PSOE, y a pesar de que antes de opinar quiero informarme de primera mano con quien haya estado allí (lo que es un nada sutil guiño a mi estimado amigo Hidalgo para que use ese maravilloso iPhone que tiene para reservarme un par de horas para comer y frikear, que sé que su agenda es más apretada que la mía) una sencilla anotación: el voto inmigrante no garantiza en ninguna parte victorias para la izquierda. Al contrario, mucho voto inmigrante es reaccionario y (por increíble que pueda parecer) furibundamente anti-inmigración. Significativa ha sido la reacción entusiásticamente positiva de Gallardón y (glups) Espe. (Aunque lo del voto inmigrante tiene truco; ya hablaré del tema).

En todo caso, vamos con un tema al que llevo dando largas un buen tiempo. En 1962 España presentó por primera vez su solicitud de adhesión a las Comunidades Europeas. Durante los siguientes veinticuatro años consideramos a Europa como la panacea de todos nuestros males, y, desde nuestra entrada en 1986, podría decirse que en muchos casos lo ha sido. La España de hoy, moderna y económicamente pujante, lo es en gran medida gracias al dinero que ha fluido generosamente de Bruselas. Durante veinte años hemos sido la niña mimada de la Unión Europea, junto con Irlanda; la que mejor ha salido de todas las iniciativas de cohesión territorial.

Y, a cambio, hemos dado a Europa una admiración semi-mítica: hemos aprobado todos los tratados que nos han puesto por delante (incluida la Constitución Europea) sin leerlos, nos hemos apuntado a todas las iniciativas y planes que la UE nos ha presentado y, en general, nuestra opinión pública tiene una vaga sensación de que Europe can do no wrong.

Y ésto era así por que la UE defendía el concepto de Estado de bienestar que es (todavía) característico de la Europa occidental; un sistema que con sus fallos y inconvenientes (sobre todo las tendencias a la inflación y a la ineficiencia) presenta (y sigue presentando) como contrapartida un equilibrio socioeconómico que es lo más cercano al socialismo que puede existir sin romper con el sistema occidental de valores (y si suena demasiado críptico, no lo es, lo que pasa es que es demasiado largo y puede romper el tema del hilo; ya les contaré)

Todo ésto cambió, naturalmente, con la ampliación al Este.

Margaret Thatcher había intentado introducir el neoliberalismo en la UE en los 80, pero estaba francamente sola en ese empeño, y además, la buena señora caía mal. Sin embargo, en 2004, entraron de una tacada 10 países, de los cuáles ocho de ellos habían vivido el comunismo en sus carnes, y, en consecuencia, para ellos palabras como socialdemocracia y estado del bienestar no tenían (y en gran medida, siguen sin tener) ningún sentido. Ellos están en Europa por y para el capitalismo salvaje: ganar dinero, cuánto más mejor; el concepto del bienestar como bienestar material en su máxima expresión.

Y en consecuencia, de una sentada, hordas de políticos neocon, ultracapitalistas y pro-norteamericanos posaron tranquilamente sus reales en Bruselas. Y, junto con el resto de la nueva derecha europea, se propusieron dominar el cotarro.

Y ahora ésta gente es la que manda en Bruselas: es ésta la gente que pretende destruir lo que los trabajadores europeos han conseguido a través de duro sacrificio y lucha durante más de un siglo, en aras del Dios Mercado. La derecha civilizada sabe que el estado del bienestar trae equilibrio, y en cierta manera, paz social. La nueva derecha lo ignora; va por la Historia con una actitud de aprés moi, le déluge, poniendo fe en la anestesia de una asustada y preocupada masa acrítica.

Es la hora de que la socialdemocracia europea tome nota; estamos dejando que la derecha nos contagie con su lenguaje, nos domine con sus ideas y haga que asumamos como propios sus valores. No es mucho lo que tenemos que reconquistar, pero debemos reaccionar lo antes posible. Nuestros principios están en peligro.

Reconquistar Bruselas, reconquistar Europa para la izquierda: los valores que nos hacen distintos, los valores que nos hacen mejores, los valores que hacen que nuestra versión del capitalismo sea superior a las demás, no pueden dejarse perder.

Seguiremos informando.

1 comentario:

... dijo...

Pa' que no te quejes ... La verdad es que tenia pensado escribirte algo en esta entrada, pero el tema me tiene la moral un poco trillada ... porque si hay una institucion que podria haber dado de si y ha sido apropiada por el discurso de la derecha (perdon, del "centro") es la UE. Y quizas sea cierto que hay que tomar las riendas del asunto, pero como se hace eso con una institucion que ni a duras penas se puede llamar decocratica (recordemos que solo uno de los cuerpos de la UE se elige por sufragio directo y casi todas las decisiones se toman a puerta cerrada, de manera que solo nos enteramos cuando ya no se puede hacer nada al respecto)? Estoy de acuerdo contigo en que esta no es la Union Europea que a muchos nos gustaria, pero como la cambiamos?